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| AMAIKE |
mismo sano y dulce amor que por ella había nacido.
Todas las tardes, el vigilante se situaba en el mirador natural de la colina, como un “Centinela”. Impaciente esperaba que la hermosa muchacha saliera a su encuentro. Así fue como el amor fue creciendo.
Las salidas de Amaike de su apartada vivienda fueron descubiertas por los soldados del fuerte. Uno de ellos había sospechado del periódico encuentro de la jovencita serrana con el indio valiente que, desde una lejana colina, permanecía firme y desafiante. Así es que a fuerza de vigilar, el soldado con la complicidad de sus compañeros apostados en los senderos, lograron sorprender a la escurridiza muchacha.
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